Vivimos en un ritmo acelerado donde muchas conductas se repiten tanto que dejan de llamarnos la atención. Dormir poco, vivir cansados, sentir estrés constante o postergar el autocuidado suele verse como parte de la rutina diaria.
Pero… ¿qué pasa cuando lo que normalizamos empieza a afectar nuestra salud?
Hablar de estos temas no es exagerar ni alarmar. Es poner en palabras situaciones cotidianas que, sostenidas en el tiempo, pueden impactar en nuestro bienestar físico y emocional.
Muchas veces minimizamos señales porque “a todos les pasa”.
El problema no es que ocurran ocasionalmente, sino cuando se vuelven permanentes.
Algunas de estas conductas:
Con el tiempo, esto puede derivar en:
Nuestro cuerpo y nuestra mente no funcionan en automático. Necesitan pausas, atención y cuidado.
Porque la salud no es solo “no estar enfermos”.
Es un equilibrio entre lo físico, lo mental y lo emocional.
Cuando normalizamos estados de alerta permanente, exigencia constante o agotamiento crónico, el organismo responde. A veces con síntomas claros y otras con señales más silenciosas, pero igual de importantes.
Escuchar esas señales a tiempo puede marcar la diferencia.
Normalizar no significa que esté bien.
Significa que dejamos de cuestionarlo.
Y cuando dejamos de cuestionarlo:
Hablar de estos temas es invitar a frenar, observar y repensar hábitos, sin culpa y sin juicio.
Desde MET creemos que la prevención empieza por la información y la conciencia.
Revisar lo que damos por normal es una forma de cuidarnos, de anticiparnos y de elegir mejor.
Porque sentirnos bien no debería ser una excepción.
Y porque cuidar la salud también implica no naturalizar lo que nos hace mal.